Alergia a las LTP (mi pequeña revolución interna)

Muy buenas bocateros,

desde la publicación del artículo contando mi historia de intolerancias, he recibido bastantes mensajes de apoyo y de empatía. Uno de ellos fue el de un amigo con el que no hablaba hace varios años y cuya historia alimenticia me dejó con la boca abierta. Le pedí que por favor sacara un hueco y compartiera su historia para ayudar a otras personas y así lo ha hecho. Abajo os copio y pego su particular y nutritiva experiencia, escrita de su puño y letra:

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Dicen los señores de la bata blanca que las alergias han aumentado de forma prodigiosa entre los habitantes del tercer planeta del sistema solar, y eso solo en la última década. Según mi propio alergólogo algo así como un 440% en cifras redondas. Pamplinas pensaba yo. Sí, es cierto que el aire que respiramos da asco, en especial si vives en una gran ciudad como la capital del Reino. No menos verdad es que nos inundan las papilas gustativas con nuevos y más refinados venenos, que aplicados a cultivos transgénicos de tamaños y colores inexplicables, hacen que la verdura o la fruta no tenga más sabor que una fotografía del mismo producto, eso sí, libres de todo insecto que se les aproxime. Y prefiero no hablar del agua que bebemos, sin duda bien clorada y desinfectada de patógenos, pero que hace que muchos humanos decidan comprar su homóloga embotellada… Por si acaso.

En resumen, que si lo que respiras, lo que comes y lo que bebes (y no hablo de la cantidad de zumo de cebada o uva alcohólico precisamente) es una porquería, no me extraña que, al final, mi cuerpo se rebele cual soldado entrenado a latigazos,procurándome toda suerte de intolerancias alimentarias o alergias que, siendo sincero, antes no sabía ni que existían.

Por desgracia, con los años, y ya va para 51 meses, te haces un experto “en lo tuyo”, descubres que se puede tener alergia a cosas tan curiosas como la verdura de hoja ancha, que se pueden fabricar, como  si de trajes se trataran, vacunas a medida que cuestan pequeñas fortunas una vez aplicado el Santo descuento de la Seguridad Social. Vacunas que, sin derecho a réplica, se casan contigo durante un periodo de tres a cinco años. Y vacunas al fin, a las que estoy profundamente agradecido, por permitirme comer una pequeña parte de los alimentos que he comido toda mi vida, al menos hasta que una terrorífica tarde, allá por el año 2012, mi labio se hinchó, mi paladar decidió imitarle, el interior de la boca parecía haber sufrido una invasión de guindillas por cómo picaba y al final mi glotis empezó a cerrarse como una compuerta programada. Gracias a Dios (sí, yo soy de esos que cree), volvió a abrirse después de que un señor muy serio me pidiera amablemente que me levantara la camiseta, y después de quedarse ojiplático por la cantidad de habones -otro “palabro” que no sabía qué era hasta entonces- que vio, gritó cual tenor en pleno momento álgido de la obra, “venga pa dentro cagando leches y no te asustes porque te voy a poner una vía en la mano a través de la que te vamos a realizar una perfusión de urbasón”. Cierto es que la frase en sí no conduce a la calma, ni la mía ni de la persona que rompió la barrera del sonido para llevarme al hospital antes de que me ahogara (gracias mamá por darme la vida y luego salvármela). También es verdad que caí en un sopor extraño que me hizo perder la conciencia durante una hora y cuarto, que le debió parecer media vida a mi salvadora, que esperaba fuera a que le dijeran si su hijo respiraba o no. Pero, sin duda, todo ello concluye en que ese fue el primer día de una nueva vida, casi literalmente, un tiempo añadido que ahora pasaré a contaros con más detalle, pero que se puede resumir en una frase: Había desarrollado una alergia alimentaria a las LTP. La pena es que tuve que sufrir un shock anafiláctico para abrir la “caja de Pandora”.

Casi cuatro años y medio más tarde, sigo pensando que me deberían dar el título honorífico de detective privado, pues tardé todo un año y medio en conseguir que alguien me diera una explicación de lo que me había pasado. Como tantas y tantas veces, había ingerido, con mucho placer debo decir, una fruta tropical muy golosa que se llama Kaki.

Quién me iba a decir que esa puñetera semiesfera encarnada de carne anaranjada y deliciosa me iba a poner en una situación límite. Tras la experiencia, porque fue toda una experiencia, vivida en el recinto hospitalario, me recomendaron que visitara a los especialistas adecuados para ver por qué mi cuerpo había reaccionado de una forma tan virulenta a algo que había comido decenas de veces sin ningún efecto secundario previo.

Y ahí empezó mi pequeña pesadilla, un trailer lleno de inseguridades, miedos y desconfianza hacia todos los alimentos que antes no me había hecho ningún mal. Debo confesar que el cuerpo es sabio y da avisos, que por supuesto desoímos con el habitual exceso de prepotencia que define a la mayoría de la especie. A mi, por ejemplo, el melón y la piña llevaban años produciéndome pequeños habones en el labio en el caso del primero y picor en la garganta en el caso del segundo. Pero cómo iba yo a hacer caso a esa nimiedad. Así me fue claro. Como decía antes, mi primer año y medio fue, simplemente, un constante deambular por especialistas digestivos y alergólogos de la medicina privada que, más allá que dar palos de ciego, o negar la evidencia, no tuvieron más éxito al predecir mi enfermedad que el consabido reloj roto que acierta dos veces al día la hora por pura física temporal. Es más, una mal llamada doctora de un centro privado muy reconocido que no nombraré por eso de las demandas, llegó a sugerir que podía estar sufriendo un episodio de hipocondría. Por descontado le di las gracias por su inmensa sabiduría y me acordé de toda su familia tras salir de su consulta.

Por suerte pocos meses más tarde tuve la buena suerte de dar con los que, hoy en día, siguen siendo mi equipo de alergólogos de cabecera, y que supieron dar en menos de tres días con lo que, la otra banda de incompetentes, no vieron en 18 meses, tenía una alergia llamada vulgarmente “a las pieles” y de forma más científica a la “proteína transportadora de lípidos” o LTP según sus siglas en inglés. Dicho en pocas palabras, hace casi tres años, tuve el inmenso honor de ver como desaparecían de mi dieta todas las frutas excepto el limón y la naranja, todas las verduras de hoja ancha (como la lechuga, la acelga, la alcachofa y demás), todas las harinas excepto la de trigo y la de arroz, todos los frutos secos excepto la nuez, la mostaza, el sésamo y finalmente todas las especias excepto las verdes, el pimentón y la cayena.

Como decía, estos maravillosos médicos del Hospital Universitario de Torrejón de Ardoz, en Madrid, y que para mi es el mejor equipo de alergólogos de España, supieron decirme qué tenía y cómo íbamos a intentar paliar mis síntomas.

Gracias a ellos, que lucharon contra viento y marea, contra laboratorios farmacéuticos que se toman las cosas con calma y que no se rindieron nunca, llevo unos 15 meses con una vacuna que me ha permitido recuperar parte de esos alimentos perdidos. Ahora veo que volver a comer uva, pera, maíz, sésamo, almendra e incluso una hoja de lechuga al día, es esencial para mi salud psicológica y física, por ese orden. Porque sí, la gente que te rodea, voraces devoradores de cualquier tipo de alimento sin restricciones, no tienen ni repajolera idea de lo que significa para tu autoestima no poder comer fuera de tu casa durante un año y medio, por miedo a tener que salir otra vez corriendo a que te abran las vías respiratorias en un hospital. Porque incluso tus “amigos” y familia ponen en duda lo que tienes, alguno de ellos, memos procelosos que adoran la trifulca ajena y la cizaña gratuita, llegaron a apostar dinero contra mi propia vida, retándome a comerme un melocotón mientras jocosamente dictaminaban que era imposible que pudiera darme alergia.

Porque existen restaurantes, bares y otros establecimientos hosteleros que no han tenido ningún tacto, y hoy en día siguen sin tenerlo si están llenos, en innumerables ocasiones a la hora de “sugerirme” que me buscara otro sitio para comer porque ellos no se atrevían a poner nada en mi plato. Aquí debo decir que aquellos que si se sensibilizan conmigo me ganan como cliente, además de una buena crítica en una famosa red social de aficionados a la gastronomía y los viajes en el que tengo la suerte de tener una larguísima lista de seguidores. Huelga decir que aquellos que hacen lo opuesto consiguen que les ponga una bonita etiqueta de insolidarios con los que tenemos una alergia alimentaria. Y por cierto, tener una lista de alérgenos (para cumplir con la ley) no basta si luego no son capaces de hacer un plato en una sartén/parrilla limpia o usan la freidora como única herramienta de cocinado para la mayoría de los platos de su carta. Dicho de otro modo, cada vez los clientes nos cabreamos más con los establecimientos egoístas que prefieren ponerse en plan “estupendo” con aquellas personas que tenemos limitaciones a la hora de comer y sí, queridos míos, sabemos usar las redes sociales para poneros a parir si es necesario.

Y porque en el fondo, si no lo sufres en tus propias carnes o en las de una persona cercana, miramos a esos pobres diablos que no pueden comer lo que “todo” el mundo, como si fueran unos raritos y preferimos cuchichear a sus espaldas jactándonos de que no sabríamos vivir sin ingerir lo que nos diera la gana y que es una put*** lo que les pasa a los alérgicos. Yo solo digo algo, un poquito más de mano izquierda, porque el karma es más justo de lo que pensáis. Es recomendable ser un poquito más dadivoso, amable y me atrevo a decir que hasta podríamos buscar en los bolsillos un poquito de empatía con las personas enfermas, no vaya a ser que un día tu te encuentres paseando por el mismo caminito, y como dice el refrán “arrieritos somos y en el camino nos encontraremos”.

 Un artículo de BellMore. 

 

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Periodista audiovisual y creador del Blog "El Bocado Perfecto"

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17 comentarios

  1. Hola Rafa !
    Te explicas muy bien a mi me paso lo mismo y hay personas que creen que eso no es cierto.
    Ir al restaurante a comer o cenar es una odisea, no te creen .
    Te puedo asegurar que yo fui una de las primeras chicas en comenzar con la vacuna y al año la habían recetado a tanta gente que se terminaron las provisiones y estuvimos unos meses sin ella , después de los 5 años ya e terminado con la carísima vacuna de las 5 gotas diarias y me a ido muy bien pero frutos secos y alguna fruta sigo sin poder comer .
    Saludos

    1. Gracias por compartir tu experiencia Eli! En el mundo de las intolerancias y alergias alimenticias cada vez somos más y con historias muy parecidas. Parece que ya vamos viendo la luz al final del túnel

  2. Amigo, ánimo. .llevo años con la misma alergia…años de viajar con una maleta sólo para las comidas…y de no poder comer nada fuera de casa. Me alegro de que hayas encontrado una vacuna..a mi ni me la han mencionado. Un saludo

  3. ¡Hola Rafa! Tengo la misma alergia que tú, diagnosticada hace 4 años, después del mismo periplo de médicos de urgencias, cabecera y alergólogos. Uno de esos “médicos”, una noche que llegué a urgencias con una urticaria por todo el brazo (y poniéndole al tanto de las alergias que tengo y la medicación de rescate que llevo), llegó a reprocharme que llevara los autoinyectores de adrenalina, porque según él, no eran necesarios (wtf??!), y que la alergóloga que me las había recetado era una exagerada… lo que hay que aguantar… en fin, ¡anécdotas mil! por suerte también hay médicos responsables. A mí, después de mucho deambular, me llevan en el Hospital Quirón de Barcelona, son grandes profesionales y con trato humano; que también es necesario, que a veces una se siente incomprendida y un bicho raro. No sabía que había una vacuna para ésto, ¡me has abierto el cielo cuando lo he leído! Mi alergóloga me comentó algo sobre una vacuna sublingual para la alergia al melocotón, pero que aún se estaba ensayando. ¿Me podrías informar sobre la que te pusieron a ti, por favor? ¡Muchas gracias y un saludo! 🙂

  4. Se perfectamente de lo que hablas, mi hijo es alérgico a distintos alimentos, no sólo al ingerir, sino tb al tocar o incluso inhalar. Nosotros llevamos prácticamente 10 años sin salir a restaurantes, cafeterías. ..
    Pero lo peor para nosotros fue cuando quisimos matricularlo en guarderías o colegios y nos decían el personal del colegio que no le administrarian el autoinyector de adrenalina si tuviera un schock anafilactico. Después de pelear durante un año conseguimos matricularlo en un cole y cada vez que había una fiesta en el cole, todas con comida, que ese día no llevaramos a mi hijo al cole y así podría escribir una enciclopedia de anécdotas de este tipo.

  5. Yo soy una más en el grupo de esta dichosa alergia. Conmigo siempre van mis tres guardaespaldas: cortisona,adrenalina y antihestaminico ja ja ja.Yo estuve a punto de perder la vida por esta dichosa alergia ( aún no sabía que tenía esta alergia)Yo tengo muchos alimentos prohibidos, pero lo peor de todo es que me ha dado la alergia por comer y por inhalar. Desde hace cuatro años yo no cumplo años, yo cumplo batallas ganadas y nuevos amaneceres

    1. Lo tuyo desde luego es valentía amiga Miriam! Imagino que habrás probado a hacer de todo, pero ¿has pensado en la Medicina Tradicional China? Dicen que las alergias tienen un origen emocional y muchas veces son bloqueos. Te recomiendo que paralelamente a lo que estés tomando vayas a un buen médico chino y que te cuente su opinión. Un abrazo y gracias por entrar en EL BOCADO!

  6. Muy interesante tu articulo. Me identifico totalmente porque yo sufri un shock anafilactico que casi acaba con mi vida. (vi la muerte tan cerca que al final me estaba entregando a ella cuando llego la ambulancia). Pero mi caso fue por tomar aspirina (que por cierto la habia tomado en otras ocasiones).
    Desde entonces mis dolores y enfermedades son mias y solo mias porque no me las alivian ni antibioticos, ni antiinflamatorios, ni otros muchos medicamentos. Y lo peor es que derivados naturales del sauce, el nikel y alguno mas son mortales para mi. Esto provoca un miedo a “ese ahogo que nos dio en el shock anafilactico” que se convierte en pavor y prefieres que te duela la enfermedad que padezcas.

    1. Virginia gracias por compartir tu historia. Estoy seguro de que habrá mucha gente que se sienta identificado. Por desgracia hoy en día la medicina “occidental” no tiene ese enfoque holístico de lo que nos ocurre. Al fin y al cabo. el cuerpo somos células, energía… y como tal… pueden cambiar según pasa el tiempo.

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